Al que escojo
No me arrepiento de nada. Amarte fue un incendio sagrado. Un salto al vacío con los ojos abiertos. Fuiste cielo y abismo al mismo tiempo. Y yo, feliz, me lancé. Lo nuestro no fue normal. Fue salvaje. Incontenible. Mágico. Una energía que no se explica, solo se siente. Nos encontramos como imanes que no saben hacer otra cosa que atraerse, una y otra vez, sin importar el daño, el tiempo o la distancia. Lo que tuvimos no se rompe. No se apaga. No se olvida. Nos conectamos en todas las dimensiones. Nuestros cuerpos sabían encontrarse incluso cuando el alma estaba rota. Tus manos eran brújula. Mi caos, tu hogar. Éramos fuego, piel, instinto, alma y guerra. Nos amamos con la misma intensidad con la que nos perdíamos. Éramos luz y sombra, cura y veneno. Nos bastaba una mirada para destruirnos o salvarnos. Nuestro amor era una fuerza de la naturaleza. Impredecible. Brutal. Sagrado. No pedía permiso. No conocía límites. Era magia de otras vidas. Promesas que nacieron antes de esta existencia. Y...