No te rindas jamás.” Cuatro palabras fuertes. Cuatro palabras que alientan… y que también duelen. Porque, ¿quién te las dice cuando no te encontrás ni a vos misma? A veces no me veo y no hay nadie más para recordármelo. La luz se apaga, y encontrar el interruptor en la oscuridad es casi un acto de fe. El cansancio así cansa más que correr 100 kilómetros. Descubrí que las emociones y los pensamientos tienen un poder brutal. No se controlan; apenas se aprenden a manejar… y eso en los días buenos. A veces hasta pierdo las ganas de llorar. Solo siento que es demasiado, siempre lo mismo, círculos sin fin. Como recoger arena para contarla: inútil, interminable, agotador. No estoy arrastrándome en el piso, pero la sensación es como estar toda sucia, revolcada por dentro. Tormentas de pensamientos. Huracanes de sentimientos. Y sin un porqué claro. Solo ese comentario absurdo que uno escucha: “es que tu cerebro no funciona igual que el de todos”. Una frase tan inconsciente… ...
Llegaron todos. Uno a uno, con pasos lentos, cargados de algo que no sabían decirme. Mis tíos, mis primos, mi padre. Mis hijos. Y mi madre al frente, con la cara que solo pone cuando el mundo se le rompe en las manos y no puede hacer nada para evitarlo. —¿Qué pasó? —pregunté, pero ya lo sabía. Ese tipo de silencio solo aparece cuando el alma recibe un diagnóstico antes que el cuerpo. Alguien dijo que me hicieron un examen. Algo para saber qué tengo. Como si algo dentro de mí se hubiera descompuesto y recién ahora lo estuvieran viendo desde afuera. Como si todo este tiempo lo hubiera escondido bien. Demasiado bien. Mi mamá se acercó. Tenía los ojos hinchados, pero firmes. Como si hubiera llorado por mí antes de decírmelo. Como si ya supiera que no había vuelta atrás. —Tenés sida, mi amor —dijo, y me acarició la cara—. Pero viví. ¿Sí? Viví. Disfrutá. Las palabras cayeron como cuchillas suaves. No por la enfermedad. Sino por la certeza de que, aún sin virus, ya venía muriéndome de a poco....
La mente es tan poderosa que se puede usar como herramienta para crear o arma para destruir. La mente es como el fuego que puede ser utilizado para iluminar o para quemar a los demás y a ti. Los manicomios están llenos de genios que no pudieron domar su mente. ¿cuantas veces tu mente en su capacidad creadora te ha quemado a ti y a los que te rodean? Aprende a adiestrar tu mente, enseña le a observar y aprende a controlarla. Se un humano con poder mental direccionado, para sublimar te y evolucionar.
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