Llegaron todos. Uno a uno, con pasos lentos, cargados de algo que no sabían decirme. Mis tíos, mis primos, mi padre. Mis hijos. Y mi madre al frente, con la cara que solo pone cuando el mundo se le rompe en las manos y no puede hacer nada para evitarlo. —¿Qué pasó? —pregunté, pero ya lo sabía. Ese tipo de silencio solo aparece cuando el alma recibe un diagnóstico antes que el cuerpo. Alguien dijo que me hicieron un examen. Algo para saber qué tengo. Como si algo dentro de mí se hubiera descompuesto y recién ahora lo estuvieran viendo desde afuera. Como si todo este tiempo lo hubiera escondido bien. Demasiado bien. Mi mamá se acercó. Tenía los ojos hinchados, pero firmes. Como si hubiera llorado por mí antes de decírmelo. Como si ya supiera que no había vuelta atrás. —Tenés sida, mi amor —dijo, y me acarició la cara—. Pero viví. ¿Sí? Viví. Disfrutá. Las palabras cayeron como cuchillas suaves. No por la enfermedad. Sino por la certeza de que, aún sin virus, ya venía muriéndome de a poco....
Nos amamos. Nos adoramos. Nos destruimos. Nos perdimos en las drogas, en la intensidad, en el caos. Nos dimos vida y al mismo tiempo nos la quitamos. Fuimos el vicio del otro. Un amor tan feroz que terminó por devorarnos. Te escribo desde un abismo. Con el corazón hecho trizas y el cuerpo temblando en abstinencia. Dejé las drogas el día que te dejé. Porque entendí que si no me soltaba de vos, no iba a poder salvarme. Y aún así… te amo más de lo que alguna vez quise amar. Te extraño con una angustia que no tiene forma, ni fondo, ni salida. Y aunque no lo merezcas, te sigo necesitando. Me duele profundamente que hayamos terminado así. Que después de tanto, solo quede esta tristeza sucia entre nosotros. Te juro que lo único que quería era hacerte feliz. Y terminamos destruyéndonos. Quisiera poder arrancarte de mi pecho, borrar todos los recuerdos, todo lo que huele a vos. Me aterra pensar que no voy a volver a ver tus ojos, que no voy a despertarme a tu lado, que ya no voy a ser yo quien ...
No te rindas jamás.” Cuatro palabras fuertes. Cuatro palabras que alientan… y que también duelen. Porque, ¿quién te las dice cuando no te encontrás ni a vos misma? A veces no me veo y no hay nadie más para recordármelo. La luz se apaga, y encontrar el interruptor en la oscuridad es casi un acto de fe. El cansancio así cansa más que correr 100 kilómetros. Descubrí que las emociones y los pensamientos tienen un poder brutal. No se controlan; apenas se aprenden a manejar… y eso en los días buenos. A veces hasta pierdo las ganas de llorar. Solo siento que es demasiado, siempre lo mismo, círculos sin fin. Como recoger arena para contarla: inútil, interminable, agotador. No estoy arrastrándome en el piso, pero la sensación es como estar toda sucia, revolcada por dentro. Tormentas de pensamientos. Huracanes de sentimientos. Y sin un porqué claro. Solo ese comentario absurdo que uno escucha: “es que tu cerebro no funciona igual que el de todos”. Una frase tan inconsciente… ...
Comentarios
Publicar un comentario